Capítulo del libro: “La noticia deseada”

La noticia deseada.

Leyendas y fantasmas de la opinión pública.

(Fragmento)

Autor: Miguel Wiñazki


INTRODUCCIÓN

Los fantasmas y las noticias deseadas

Vivimos bajo el imperio de la noticia deseada. Aquella en la que la opinión pública quiere creer.
Esta es la hipótesis de este libro: el montaje de la noticia no es un proceso gestado solo por los medios que la emiten, sino también por las audiencias que la desean.
El sentido literalmente auricular de concepto “audiencias” es en realidad insuficiente. Las audiencias no solo escuchan. Oyen, pero también leen, se sumergen en universos televisivos y digitales y configuran teorías y supersticiones.
Preferimos utilizar el concepto antropológico de tribu, y ampliarlo al de “tribu masiva”.

Se trata de “grandes masas de seres humanos en gestos y vibraciones comunes”, como diría Peter Sloterdijk, que se constituyen en una comunidad de creyentes, en una feligresía que, efectivamente, cree en aquello que por sí misma ha construido, aunque se trate de “delirios tribales”, como calificaremos aquí a los sones bélicos que se ejecutaron frenéticamente, masivamente, durante la Guerra de las Malvinas en la Argentina entre abril y junio de 1982.

Aquí se analizarán sucesos periodísticos arquetípicos, episodios que describen la configuración de la noticia deseada, que dispararon la phantasia popular, en el sentido clásico de la palabra, como constructo de ficciones compartidas.

Es necesario indagar entonces la psicología del fantasma, de procedencia medieval y refundada ahora por los medios, y también la pregnancia de las metáforas como llamadores de la atención global. Es el caso de Copito, el gorila albino de Barcelona.

Los fantasmas elegidos son los de Carlos Menem Junior y Alfredo Yabrán. Y también los muertos de Malvinas. Son episodios noticiosos arqueológicos, emanados de medios predigitales.

Los acompaña el gorila en este texto.

El de Copito fue ya un hecho digital. Globalizado en la era digital, aunque sus raíces provienen de África y del misterio más profundo de la naturaleza animal.

Fue un boom noticioso mundial. Fue la noticia más leída ese día, cuando Copito murió, en la mayor parte de los sites de todo el mundo de habla hispana y también de Japón. El simio ocupó la tapa de los diarios más importantes de España y de la Argentina, fue la noticia principal de La Nación y se destacó en el friso de tapa de Clarín. ¿Por qué la muerte de un gorila fue la noticia deseada por las mayorías globales?

Los ejemplos elegidos para el libro son objeto de análisis por el magnetismo o más aún por la “magnetopatía” noticiosa que ejercieron. Por las creencias poderosas y volátiles que suscitaron.

Si las creencias cambian es porque los intereses profundos de la esfera societal que construye noticias cambian antes y entonces, y solo entonces, se construyen otras noticias deseadas.

Las noticias deseadas son la superestructura de una estructura psicosocial que pretende permanecer siempre creyendo lo que más le conviene.

La categoría de “estructura” no se postula según la tradición del marxismo clásico: en términos materialistas. La estructura se define aquí como la base psíquica de las multitudes endógenas, la tribu masiva, que prefiere apoyarse en la afinidad antes que en la disidencia.

En ese sentido el episodio de las escuchas ilegales y de la investigación correlativa a las conversaciones que sostuvieron los hijos de De la Rúa con sus profesores de la universidad, arreglando con ellos favores académicos, son un ejemplo de la noticia deseada pero desde su dimensión reversible: la noticia indeseada. Daniel Capalbo, el periodista que condujo la investigación (que realizó junto a la periodista María José Grillo), explica aquí el repudio generalizado del que fue víctima. De la Rúa gozaba entonces de los favores de la opinión pública (la misma que luego lo rechazó frontalmente), cuando se publicó esa dimensión oscura de su entorno que, dicho sea de paso, jamás estuvo ajeno a su poder.

Este libro se construyó también con la contribución de académicos de primera línea. Roberto Herrscher, director académico del Master en Periodismo de la Universidad de Barcelona y ex combatiente de Malvinas, escribió un ensayo especial relativo a los fantasmas noticiosos durante la Guerra de las Malvinas.

Edgardo García, analista mediático de la Universidad de Westminster, pensó el tema explayando su agudo conocimiento del periodismo británico.

Mireya Roura Salietti, bióloga, Master en Periodismo por la Universidad de Barcelona y periodista científica en España, describió con rigurosidad el fenómeno etológico-noticioso del gorila Copito.

Edgardo Esteban, presidente de la Asociación de Corresponsales Extranjeros en la Argentina, contó su conmovedora experiencia durante la Guerra de las Malvinas.

El texto se articula según diversas dimensiones narrativas.

No hay capítulos sino esferas. La esfera es, como enseñaron todos los filósofos desde Parménides a Sloterdijk, el objeto esencial.

Hay esferas sin ventanas que Leibniz denominó “mónadas”. Y hay esferas con ventanas. La teoría y la praxis no son mónadas, pero lo han sido, lo son a veces. Han convivido y conviven de pronto en paralelo y sin vínculo entre sí.

Aquí se presentan esferas con ventanas. Esferas teóricas que abren sus ventanas hacia casos concretos, hacia hechos particulares y viceversa: hechos que abren sus ventanas buscando teorías que los expliquen. Pero las esferas no se diluyen. Existen según el esquema althusseriano de la “autonomía relativa”.

La teoría se desarrolla bajo la forma de una aproximación filosófica e histórica al periodismo. Se abre también una esfera jurídica, expuesta en algunos fragmentos del fallo relativo a la muerte de Carlos Menem Junior y útil a los efectos de comparar los enunciados mediáticos y los construidos según el orden del Derecho. Finalmente, configurando otra esfera, están aquí las voces: reportajes y testimonios orales, transcriptos literalmente, de hechos narrados en primera persona por sus protagonistas, como exige el registro periodístico propiamente dicho.

Esta multidimensionalidad configura un texto metaperiodístico, hipertextual pero en papel, que no discurre solo sobre argumentaciones abstractas, ni tampoco solo sobre los hechos puros.

Ciertamente, la reflexión sin el oficio está vacía, y el oficio sin la reflexión es ciego.

La conjunción de ambos es el intento metaperiodístico que aquí se desarrolla. Pero no es este un texto concluyente. Por el contrario, es inconcluso. Cada afirmación es aparente. Es en realidad un interrogante.

Para comprender de qué se trata, antes de arribar a los precisos ejemplos empíricos elegidos para el análisis, es necesario primero atravesar un tramo conceptual.

ESFERA I
Incisiones

LA ESCRITURA Y LA APARIENCIA
Todo surgió en la Mesopotomia, entre los ríos Tigris y Éufrates, desde el Golfo Pérsico hasta Bagdad, 5 mil años atrás. Las primeras tablillas “escritas” fueron descubiertas en el templo de la ciudad de Uruk erigido sobre la orilla derecha del Éufrates. “Son largas listas en las que no se hace referencia a otra cosa que a sacos de cereales y a cabezas de ganado y que constituyen una especie de contabilidad del templo. Los primeros signos escritos son por tanto cuentas agropecuarias.”

El punto fundacional de la escritura es organizacional y cuantitativo. Contable y estadístico.

La escritura brota como numerología concreta, como constancia documental, como balance, como sistema de contralor económico. Como dispositivo administrativo y administrativista.

El templo recibía donativos regularmente, ofrecía préstamos, recogía tributos de los mercaderes que comerciaban en las proximidades. Era el epicentro de un vertiginoso espacio mercantil.

Las primeras cicatrices legibles orgánicas plasmaron la necesidad materialista de la constatación registral de las posesiones.

Los padres de la escritura no fueron poetas sino contadores.

Antes, en el mismo sitio, los sumerios, durante 6 mil años (desde el 9000 a.C. hasta, aproximadamente, el 2000 a.C.) utilizaron discos, conos, esferas, medias lunas, tetraedros y rectángulos de 2 centímetros cada uno. Constituían un sistema de contabilidad análogo a los ábacos, que la arqueóloga norteamericana Denise Schmandt-Besserat denominó calculi. Eran efectivamente fichas de cálculo destinadas a precisar cantidades de productos ganaderos o agrarios. Hacia el 3500 a.C. el comercio se complejizó con la sofisticación de la producción artesanal, y el intercambio entre los artesanos y los sacerdotes del templo de Uruk se tornó masivo. Las fichas de cálculo por sí mismas no eran suficientes para documentar las variedades del intercambio. Aun así, pasaron otros 1.500 años hasta la aparición de la escritura. Las fichas evolucionaron hasta convertirse en tablillas planas hendidas por signos, por incisiones dotadas de sentido para quien supiera descifrarlas. Eran signos diferentes a las representaciones pictográficas e inscripciones anteriores, fundadas en la representación objetal figurativa sin deslizamiento hacia la abstracción.

Aquellas operaciones lingüísticas primordiales determinaron naturalmente un macrogénero primordial denominado cuneiforme, consistente en la reunión de letras para configurar palabras y, al fin, conceptos y sentencias grabadas, acuñadas, instituyendo los graphos con morosidad y paciencia artesanal, con la lentitud locomotiva determinada por los tiempos de la arcilla y de la naturaleza. Los escribas biselaban cañas y las hendían en tablas de arcilla con la intención de eternizar los sintagmas. Una vez inscriptos los signos, la arcilla se secaba al sol.

Todo aunado al juego entre los escribas y los lectores de aquellas escrituras que se reducían a chamanes o iniciados en la exégesis de una grafología contable y divina a la vez. La decodificación de aquellos sintagmas primigenios era ceremonial, lenta y elitista.

Los sacerdotes manejaban las escrituras, su inscripción y decodificación eran tareas para iniciados. Incidir la piedra y leer luego esas incisiones fueron, desde el origen, procedimientos complicados y elitistas.

Y además: la incisión rebota.

El acto de lectura es la reinscripción de lo inscripto en arcilla en las mentes de los lectores. La escritura cuneiforme que opera tallando vuelve a tallar la corteza cerebral, digamos, de los que pueden decodificar los mensajes escritos.

La etimología del término “escribir” proviene de la raíz indoeuropea Kier, que significa arañar.

La incisión misma, ese arañazo primordial que configuró los protocolos iniciales, exhibe la potencia de la necesidad material, materialista, catastral y antropológica de la escritura. Aquellos primeros actos caligráficos administrativistas sitúan a la historia de la apariencia, desde el principio, en el torrente augural de los intereses creados.

La escritura es “apariencia” por definición. Los signos difieren de las cosas mismas, las representan. Informan en abstracto de su existencia concreta. Difunden, detallan y testimonian la magnitud del capital poseído.

Desde el principio, la información fue poder. Dime cuánta posees y te diré cuánto puedes.

La información interna del templo de Uruk, en donde aparecieron aquellas escrituras primigenias –en el sentido notarial de la palabra–, mensuró las posibilidades económicas de los dueños de aquel cereal y de aquellas vacas, calibró su potencial, midió por inferencia las relaciones entre los habitantes del templo y los alimentos que poseían y certificó las características y hasta los vencimientos de los préstamos.

En el mismo espacio histórico inaugural, entre el Éufrates y el Tigris, milenios después, hoy, los juegos de la apariencia y de los intereses creados desparraman sangre, mentiras y dinero por todo el planeta.

LEER LUZ

La historia de la escritura y por tanto de la lectura y, específicamente de los modos de producción que anteceden y matrizan la producción periodística a través de la Historia, puede aportar puntos analíticos y comparativos fecundos para determinar (por contraposición) algunos de los aspectos singulares de lo que podría denominarse: experiencia psicoperceptiva de la digitalización de la lectura, punto culminante y contemporáneo de la historia de la apariencia.

Los grafos hendidos en las tablillas primitivas de las primeras escrituras se grababan en la mente de los lectores. Leer fue, es, reinscribir lo inscripto en un soporte material exterior en un campo mental interior. Las incisiones de la escritura cuneiforme tallan la mente de los lectores.

Ese rebote de la incisión tiene en los lectores primitivos la fortaleza y la permanencia de la arcilla eternizada por la fuerza del sol, de la luz que la secaba para perennizarla, en la que se grabaron los sintagmas articulados que configuraron los primeros bancos de datos. Los grafos primitivos son concebidos por sus lectores desde el principio como sagradas escrituras, indudables en su verdad y perennes. Un atributo nato de aquella grafía es precisamente su hieratismo, su petrificación literal, tanto en el objeto de su inscripción cuanto en el sujeto receptor y decodificador.

La experiencia antropológica de la escritura como incisión diádica puede extrapolarse metafóricamente como un indicador del poder de la escritura y de su impacto desde un soporte radicalmente distinto como Internet.

La pregunta es: ¿qué le sucede, en términos psicoperceptivos, a un sujeto que lee luz, que lee emanaciones digitales inmateriales, rayos, estímulos sutiles pero no por ello menos potentes que las tallas cuneiformes?

Un estudio preliminar pero muy sugestivo de Eye Tracking, de la Universidad de Stanford y del Poynter Institute, entre otros estudios al respecto, concluye que la atención de los lectores online se fija más menudo en los textos de las front page que en las fotos o los gráficos. Cuando los ojos se detienen absorben información y se demoran más sobre los textos mismos.

Como señala bien Tomás Maldonado: “Los contenidos del espacio virtual tienen características muy particulares. En primer lugar, hay en él una debilísima e indirecta presencia de la gravedad, lo cual hace bastante inestable el marco de referencia perceptivo. A la escena virtual le falta ese fuerte anclaje de la osamenta perceptiva que es esencial en la escena real, y que se explica por la influencia de la omniinvasora atracción gravitacional. Esa vulnerabilidad estructural del campo visual perceptivo artificial hace que esté continuamente sometido a bruscos cambios según los movimientos de nuestra cabeza. Como en las primerísimas experiencias del recién nacido con el ambiente exterior, en lo virtual se verifican a veces situaciones en las que lo percibido se identifica con el perceptor, el objeto con el sujeto…”.

Lo virtual eclipsa a lo gravitacional. Y adviene globalmente una especie de “mente externa”, la inteligencia artificial. Como escribió Marshall McLuhan, “el hombre electrónico usa su cerebro fuera del cráneo y su sistema nervioso encima de la piel”.

La inteligencia es exterior. Las computadoras decodifican a través de electrodos colocados sobre los cuerpos el estado de salud de las personas y a la vez planifican batallas y planes económicos. Es una suerte de confiscación de la mirada y del intelecto humano que de algún modo se observa e interpreta a sí mismo desde aparatos portadores de racionalidad no-emocional. Internet es el container vivo del mayor stock de información planetaria y esa información es el anclaje de un sistema de comprensión del mundo. El mundo ya no es inteligible sin esos flujos de información.

La mente debe concebirse hoy dentro del contexto de lo que Roger Fidler bautizó como “Mediamorfosis”. La metamorfosis radical generada por los medios de comunicación en general y, muy especialmente, por la informática en particular. Ya no hay mente hoy sin la mente artificial provista por computadoras, satélites y aparatos inteligentes en general. La inteligencia racional ha dejado de ser un atributo exclusivamente humano.

El estudio de la mente, el concepto de la mente a lo largo de la Historia, avanzó siempre por dos líneas paralelas y tradicionales. Para los cartesianos (los seguidores filosóficos de René Descartes, 1596- 1650), la mente humana era algo así como una prueba de la existencia de Dios. La inteligencia humana es análoga a la divina, diría Descartes, porque Dios colocó en nosotros las ideas que nos permiten pensar.

Para los seguidores de los empiristas, del inglés David Hume por ejemplo, la mente es una emanación de la experiencia. Nuestro cuerpo experimenta sensorialmente, y nuestro cerebro establece conductas correctas o incorrectas por ensayo y error. Las ideas proceden de la experiencia para los empiristas, y para los cartesianos, en cambio, la experiencia se ejerce sobre la base de las ideas innatas que Dios ha depositado en nosotros. Pero hoy existe inteligencia más allá de la que deambula en los márgenes del cerebro humano. Hay inteligencia artificial. El ser humano logró clonar cerebros. Las computadoras piensan, es decir, resuelven teoremas o juegan al ajedrez.

Las redes neuronales de un sujeto no difieren demasiado en su estructura funcional de las redes ópticas de una central de computadoras superpoderosa. En muchos casos las computadoras resultan ser más eficaces para la resolución de problemas. ¿Qué es entonces la inteligencia?

El concepto de la mente parece ahora acercarse a ciertas teorías como las del pensador católico Pierre Teilhard de Chardin, que suponía el advenimiento de una suerte de capa inteligente universal y colectiva, más allá de la inteligencia individual, ese estrato podría ser la capa informacional que viaja en derredor del planeta, como fluyen los pensamientos interiores de cada sujeto. Existe, entonces, una suerte de segunda corteza cerebral universal por la cual circula el conocimiento como corriente informacional a través de ondas electrónicas globales.

La filosofía de la mente se lanzó de lleno hoy al estudio de esa segunda corteza cerebral universal. Y lo que han constatado los investigadores a través de innumerables experimentos de campo es que la clonación de la mente tiende a producir lo que se da en llamar “robotismo global”.

Un ejemplo de ello es el “sistema de la moda”. De acuerdo con las investigaciones de Roland Barthes, la moda es esencialmente una organización de imperativos emitidos desde los medios mismos.

La moda es un organon semiótico que consagra el puro imperio de la apariencia.

Las palabras no son inocentes y una oración aparentemente inocua como “Un cinturón de piel por encima del talle, con una rosa prendida, sobre un fluido vestido de Shetland”, puede encubrir un misil lingüístico que es necesario despiezar como a una bomba de tiempo. Barthes se hunde en la semiología con la impiedad de un bisturí hasta hacer de las presuntas fantasías de las pasarelas un laboratorio de pruebas riguroso relativo a los efectos del lenguaje sobre la vida misma. Enfoca específicamente las revistas de moda y la manera en que en ellas se enuncian los textos que para el lego suenan cándidos e inocentones, como por ejemplo: “Este cárdigan largo es formal cuando va sin forro e informal cuando es reversible”. La oración, situada al pie de una foto del dinámico cárdigan, bulle para Roland Barthes.

Barthes de procedimientos semióticos complejos. En ese caso, por ejemplo, opera lo que él denomina “conmutación”. La prenda conmuta sus funciones, varía, según sea “sin forro” y por lo tanto “formal”, o “reversible”, y por lo tanto informal. Hasta aquí no habría mayores conflictos, con la excepción de que esas palabras orientan al consumidor, de alguna manera lo manipulan. Son, en cierto punto, autoritarias. Más que por el vestido real, o “tecnológico” como lo denomina Barthes, y más aún que por la fotografía del vestido publicada en la revista, o “representación icónica” como la llama, Barthes se preocupa por las palabras, por los epígrafes, por los escritos de la moda. Para él todos los enunciados de una revista de moda le asignan a la vestimenta una determinada función. Si se afirma que “este sombrero es juvenil porque despeja la frente”, o que “por la tarde se impone el fruncido”, se articula la prenda con una conducta deseable y se instituye un sistema, un “mundo” de la moda. En cierta medida, las palabras relativas a las vestimentas suprimen la libertad, siendo taxativas, pontificando efectivamente que “por la tarde se impone el fruncido”, y castigando a quien no obedece con el deshonroso exilio al decadente universo de lo pasado de moda. Es tan puntilloso Barthes, que en realidad analiza revistas de la temporada que va de junio de 1958 a junio de 1959. Y nada más. Los semiólogos, en general, siguen considerando que esa matriz de análisis no le quita al libro vigencia ninguna. La hipótesis central de El sistema de la moda es que la moda miente y se oculta detrás de las coartadas que ofrecen un léxico naturalista. Parece natural afirmar que “este es un vestido para la noche”, pero no lo es para Barthes. Lisa y llanamente se trata de una orden.

Las órdenes ordenan al consumidor, y los consumidores de información la consumen para dirigir luego su carrera consumista según un diagrama mediático preestablecido y teledirigido.

Los consumidores de información se robotizan, y la robotización es a la vez propiciatoria de una infantilización real. Se diseñan así, no tal vez con toda intención, pero sí con toda eficacia, los “úteros fantásticos para masas infantilizadas”, según la concepción del filósofo Peter Sloterdijk.

Uterinas, las masas infantilizadas se fascinan con la muerte. Está comprobado, nada genera mayor audiencia mediática que las noticias truculentas y macabras. Como dice el filósofo Eduardo Subirats: “El principio constitutivo del espectáculo es la muerte entendida como la gran ausencia del significante. Este nihilismo de la cultura mediática, o lo que también puede llamarse su lógica autodestructiva, se pone de relieve en dos planos paralelos. Primero, el de un generalizado vaciamiento de sentido y segundo, el de hacer de la existencia humana una condición electrónicamente sitiada”.

Sitiados, “electrocutados”, “electroshockeados”, infantilizados pero aniquilados como ancianos, descerebrados por el imperio de una mente externa que teledirige nuestra conducta, nos convertimos en espejos espectrales de los medios, navegando sin vida propia por la vida misma, seducidos fantasmalmente por el espectáculo de la muerte en un circo global que gana espectadores mediáticos de manera directamente proporcional a la truculencia letal que sepa producir.

El sistema comunicacional se vuelve fluido y efectivo cuando instituye un lenguaje básico fundado en la configuración de arquetipos, de modelos de pensamiento simplistas, binarios en general, que polarizan la realidad en dramatizaciones maniqueas y de terrible simplicidad. Oponiendo sin matices buenos a malos, base ontológica y “ética”, de todos los esquematismos, que se graban en las mentalidades volviéndolas permeables a las diversas formulaciones dramáticas del facilismo comunicacional.

En esa línea se encuadra Ulrich Beck cuando enumera las consecuencias emanadas del contexto “iluminista” de la autoayuda; la propuesta de pensamiento mágico; la suposición demasiado extendida de que la felicidad instantánea es posible, todo enfrascado, “empastillado” en píldoras de facilismo.

Esta es la visión negra de los medios. Hay otra. La sensación, corporalmente uterina, es tangible y muy profunda frente a la pantalla de la computadora. Pero el medioambiente prenatal, propiciado por la cuasi desaparición de la sensación de gravedad y por el efecto hipnótico que generan los rayos que emanan de la pantalla, no implica la desaparición de toda posibilidad de racionalidad. “Los úteros fantásticos para masas infantilizadas”, que Sloterdijk y Subirats condenan, son también espacios no gravitatorios, uterinos, pero propiciatorios de un renacimiento de la subjetividad que será otra, que ya es otra, bajo el influjo de Internet.

Frente a las pantallas acontece un “velocísimo nomadismo focal”, según lo verifican las investigaciones de Eye Tracking, que evidenciarían, como se señaló, que los ojos se detienen para absorber información precisamente, y prioritariamente, en los espacios escritos dentro del espacio virtual.

En ese sentido y ya trasladando el análisis a las estructuras periodísticas dentro del espacio virtual, el punto focal de la atención invocaría a la lectura por los contenidos antes que por los formatos, aunque, desde luego, la composición visual impone una articulación entre materia semántica y diseño. Siguiendo esta línea: los puntos de fuerza, aquellos que capturan el interés del lector, son los textos mismos acompañados decisivamente, pero en términos perceptivos periféricamente, por el diseño.

Denominamos a esos puntos de atracción del lector en Internet como puntos de concisión.

Puntos en los que la densidad de la atención, medida por la fijación de la mirada en ellos, determina el inicio de un acto mental por parte del lector, un proceso hacia la inteligibilidad que comienza cuando alguien lee y no cuando meramente observa pasivamente un conjunto cromático estructurado.

Puede determinarse una suerte de densitometría de la atención del lector on line y verificar que la misma se torna densa, es decir, concisa, focal y no periférica, sobre los textos con valor informativo.

Los puntos de concisión son informaciones que tienen los atributos de noticiabilidad inherentes a toda noticia: novedad, sorpresa, claridad, proximidad geográfica y existencial con el lector, influencia sobre su vida cotidiana, utilidad. Todo se configura de acuerdo a una arquitectura textual breve, que impacta así desde una narración económica en términos de extensión pero altamente significativa en términos de información.

La gramatología noticiosa de Internet determina entonces un nuevo género, que aquí denominamos conciso.

La concisión está unida a la velocidad. El biorritmo de la concisión es paralelo al de las breaking news, verdadero motor atencional de los espacios noticiosos virtuales.

El impacto de las breaking news coloniza parcialmente con su formato veloz y minimalista, pero de máximo impacto, la configuración de todo el campo visual de la pantalla noticiosa, exigiendo de cada fragmento de noticias brevedad y economía comunicativa.

Pero la irrupción de la noticia en tiempo real es una condición necesaria aunque no suficiente para la generación de más y mejores lectores. La calidad de los textos determina la calidad de la atención del lector. Las palabras no son inocuas, intercambiables y semánticamente insípidas.

La riqueza narrativa aumenta la atención, optimiza la inteligibilidad y mejora la navegabilidad por el solo hecho de aumentar el deseo del lector de continuar leyendo. La calidad narrativa optimiza y leva las anclas para el viaje hipertextual y la consiguiente navegación por el mayor stock de información disponible del planeta, almacenado en containers virtuales amalgamados según los imprevisibles recorridos no lineales de la virtualidad.

La noticia como ruptura funciona como emergente que altera el espacio discursivo virtual, vivificándolo, reformulando en tiempo real el contrato de lectura on line, refijando la atención con cada novedad y articulando una comunidad lectora hipersensible y atenta a cada cambio, un lectorado ansioso de cambios, de noticias (según lo evidencian diversas investigaciones), un lectorado que a la vez demanda concisión, porque quiere y puede leer a la velocidad con la que se escribe en el espacio virtual. Es un lector que participa del biorritmo vital de la emisión on line, cuya mutación es permanente, cuya redacción es un flujo que atrapa lo real bajo formato lumínico, instituyendo una “semiofísica” que articula las palabras con las cosas según la clásica metodología periodística del foco. No hay noticia sin un punto claro y conciso desde el cual se desarrolla una historia que será decodificada de manera siempre polisémica, si el relato es abierto, no pontifical, ni autoeticista.

La calidad narrativa, evaluada en términos de apertura interpretativa, claridad sintáctica y precisión semántica, aumenta los índices cuantitativos y cualitativos de legibilidad.

Internet robotiza e hipnotiza, es cierto. Dispersa globalmente desechos periodísticos que requieren de una basurología mediática global para interpretar las razones de su producción y de su incidencia. Pero también digitaliza la cultura y la información, generando nuevos modelos de ciudadanía, a la velocidad de la luz.

Como siempre, la transmisión de la información es ambigua en sus efectos, dual, ajena a los juicios y dictámenes unidimensionales, inasible en fáciles etiquetas condenatorias o sublimatorias.

¿Cómo operan los contextos de recepción en tiempos de robotismo global, de debilitamiento (hasta los umbrales del grado cero de la sensación gravitacional), de imperio de la luz como vía regia para la transmisión de información?

Para detectar algunos patrones de comportamiento de la opinión pública se describirán los enunciados mediáticos dominantes durante los flujos informativos relativos a la muerte de Carlos Menem Junior y de Alfredo Yabrán. El análisis, a la vez, se instituirá en la intersección del discurso periodístico, del jurídico y de algunas voces relevantes que en nombre propio asumen una visión de los casos.

 

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